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El euro digital ha llegado. La batalla por nuestra soberanía no ha hecho más que empezar.

El euro digital ha llegado. La batalla por nuestra soberanía no ha hecho más que empezar.

La Unión Europea ha adoptado el euro digital. El debate ya ha quedado atrás. Pero, en mi opinión, esta decisión no responde al verdadero desafío.

Mientras Europa construye una moneda digital pública, Estados Unidos ya ha ganado una gran parte de la batalla gracias a sus empresas privadas.

El Web3 habla hoy esencialmente en dólares.

USDT.

USDC.

Y mañana, probablemente, otros stablecoins estadounidenses.

Cada vez que un usuario europeo intercambia, ahorra o paga con un stablecoin en dólares, aumenta mecánicamente la demanda mundial de la moneda estadounidense.

Esta demanda sostiene el lugar del dólar en la economía mundial y contribuye indirectamente a la capacidad de Estados Unidos para financiar una deuda pública que se ha vuelto colosal.

En otras palabras, una parte del poder monetario estadounidense se difunde ahora a través de las infraestructuras privadas del Web3.

Mientras tanto, Europa sigue una trayectoria muy diferente.

Nuestros Estados siguen acumulando déficits.

La deuda francesa supera ya los 3 500 milliards d'euros.

El conjunto de la zona euro soporta también un endeudamiento considerable, mientras que el euro sigue siendo todavía muy poco utilizado en la economía cripto mundial.

Acumulamos por tanto dos dificultades.

Debemos financiar nuestra propia deuda.

Y utilizamos, cada día más, infraestructuras digitales que refuerzan indirectamente la dominación económica del dólar.

Una batalla que va más allá de la moneda

Para un usuario europeo, las consecuencias son precisamente irrelevantes.

Mañana, una parte creciente de los pagos digitales internacionales podría seguir realizándose en dólares.

Las innovaciones importantes corren el riesgo de desarrollarse fuera de Europa.

Nuestros datos.

Nuestros flujos financieros.

Y una parte de nuestra economía digital dependerá cada vez más de actores extranjeros.

El euro digital, por sí solo, no cambiará esta realidad.

Una moneda, aunque sea digital, solo tiene valor estratégico cuando forma parte de un verdadero ecosistema.

Lo que Europa necesita realmente

Lo que Europa necesita son infraestructuras.

Super-apps europeas.

Stablecoins en euros masivamente utilizados.

Plataformas de pago europeas.

Protocolos abiertos.

Empresas capaces de rivalizar con los gigantes estadounidenses.

La soberanía monetaria no consiste únicamente en crear una nueva forma de moneda.

Consiste en dominar las redes por las que circula esa moneda.

En el siglo XXI, quien controla las infraestructuras controla una parte de la economía.

La soberanía también es una cuestión de civilización

Más allá de la tecnología, esta batalla es profundamente humana.

Nuestros abuelos reconstruyeron un país.

Nuestros padres nos transmitieron un ideal.

Liberté.

Égalité.

Fraternité.

Estas tres palabras no deben quedar grabadas en los frontispicios de nuestros ayuntamientos.

Deben vivir ahora en el mundo digital.

La libertad de seguir siendo propietario de sus activos.

La libertad de elegir dónde circulan sus datos.

La igualdad de acceder a los mismos servicios, vivas donde vivas.

La fraternidad de construir juntos infraestructuras que sirvan a los ciudadanos antes que a los intereses de unas pocas plataformas mundiales.

Durante décadas, Europa ha visto pasar las grandes revoluciones.

Internet.

Las redes sociales.

El cloud.

Los smartphones.

La inteligencia artificial.

La blockchain.

Cada vez, los gigantes se han construido en otro lugar.

Pero esta vez, nada está aún escrito.

Todavía podemos elegir construir.

Todavía podemos elegir innovar.

Todavía podemos elegir volver a ser una tierra de emprendedores, de ingenieros y de constructores.

La visión impulsada por OZAPAY

En OZAPAY, estamos convencidos de que la próxima revolución no será simplemente la de la inteligencia artificial.

Será la de las infraestructuras que conectarán a los individuos, las empresas y los Estados.

Nuestra ambición es construir una infraestructura europea de nueva generación.

Una super-app en autocustodia.

Donde cada uno siga siendo propietario de sus activos.

De su identidad digital.

De sus intercambios.

Porque mañana, la riqueza ya no se medirá únicamente por la moneda que utilicemos.

Dependerá sobre todo de quien controle las infraestructuras digitales por las que circulará esa moneda.

Construir en lugar de sufrir

El euro digital no es un fin.

Es quizá el inicio de una nueva etapa.

Pero sin empresas innovadoras, sin infraestructuras europeas y sin adopción masiva, seguirá siendo una herramienta entre otras.

La verdadera soberanía no se impone por decreto.

Se construye.

Se invierte.

Se emprende.

El siglo XXI no será solo el de la inteligencia artificial.

Será el de la soberanía digital.

Y esta revolución no pertenece ni a los Estados.

Ni a los bancos.

Ni a los gigantes de la tecnología.

Pertenece a quienes tengan el valor de construir.

Para nosotros.

Para nuestros hijos.

Y para todas las generaciones que vendrán después.

La libertad no se decreta. Se construye.

Por Johan Decottignies

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